La cartera cayó al suelo sin que el anciano se diera cuenta.
Tenía unos setenta y cinco años y caminaba lentamente por uno de los pasillos del supermercado, apoyándose de vez en cuando en el carrito.
Una niña de ocho años que estaba cerca vio cómo la cartera se deslizaba de su bolsillo.
—¡Señor! ¡Se le cayó esto! —gritó.
Pero el hombre no la escuchó.
La pequeña, llamada Lucía, corrió hacia la cartera y la recogió.
Al levantarla, se abrió.
Varias tarjetas cayeron al suelo.
Lucía se agachó para recogerlas.
Entonces vio algo dentro.
Era una fotografía vieja.
Muy vieja.
La imagen estaba gastada en los bordes y tenía algunas marcas de haber sido doblada muchas veces.
En ella aparecía una niña de unos diez años, sonriendo delante de una pequeña casa.
Lucía se quedó completamente quieta.
Conocía esa cara.
Había visto cientos de fotografías de aquella niña en casa de su abuela.
Era su madre.
Lucía tomó la fotografía entre sus manos y corrió detrás del anciano.
—¡Señor!
El hombre se detuvo.
Lucía levantó la fotografía.
—¿Por qué tiene una foto de mi mamá cuando era niña?
El anciano perdió el color del rostro.
Durante unos segundos no dijo nada.
Solo miró la fotografía.
Después miró a la niña.
—¿Tu… mamá?
En ese momento se escucharon pasos apresurados.
—¡Lucía!
Una mujer de unos treinta y ocho años apareció al final del pasillo.
Había estado buscando a su hija.
—¿Dónde estabas? Me asustaste muchísimo.
Lucía levantó la fotografía.
—Mamá, este señor tiene una foto tuya.
La mujer miró al anciano.
Y se quedó inmóvil.
El hombre también la miró.
Sus ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
—¿Elena…?
La mujer dio un pequeño paso hacia atrás.
Hacía casi treinta años que nadie pronunciaba su nombre de aquella manera.
—¿Quién es usted? —preguntó.
El anciano apretó la cartera entre sus manos.
—Mi nombre es Roberto.
Elena negó lentamente con la cabeza.
No reconocía aquel nombre.
Pero había algo en sus ojos que le resultaba extrañamente familiar.
Roberto respiró hondo.
—Tu madre se llamaba Carmen, ¿verdad?
Elena sintió un escalofrío.
—Sí.
—Vivían en una casa blanca cerca de la estación.
Elena ya no respondió.
Era cierto.
—Y tenías una bicicleta roja que nunca querías compartir con nadie —continuó él.
Los ojos de Elena se llenaron de lágrimas.
—¿Cómo sabe todo eso?
Roberto bajó la mirada.
—Porque yo estuve allí.
El supermercado parecía haber desaparecido a su alrededor.
Lucía permanecía entre ambos, sujetando todavía la vieja fotografía.
Roberto continuó.
—Carmen era mi hermana.
Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Eso no puede ser.
Su madre siempre le había dicho que no tenía hermanos.
Roberto asintió con tristeza.
—Entiendo que no me creas.
Entonces señaló la fotografía.
—Yo tomé esa foto.
Elena volvió a mirarla.
Recordaba perfectamente aquel día.
Era su décimo cumpleaños.
Su madre había preparado una pequeña tarta.
También recordaba a alguien detrás de la cámara.
Una voz masculina.
Una voz que hacía bromas para que ella sonriera.
Pero nunca había conseguido recordar quién era.
—¿Por qué nunca supe de usted? —preguntó Elena.
Roberto guardó silencio unos segundos.
—Porque tu madre y yo tuvimos una discusión terrible.
Todo había sucedido casi treinta años atrás.
Después de la muerte de sus padres, Carmen y Roberto discutieron por la venta de la casa familiar.
Se dijeron cosas que ninguno de los dos pensaba realmente.
Carmen se marchó de la ciudad con Elena.
Roberto creyó que el enfado duraría algunas semanas.
Pero pasaron meses.
Después años.
Cada vez que intentaba buscarla, Carmen rechazaba cualquier contacto.
Finalmente, Roberto decidió respetar su decisión.
—Pensé que algún día me llamaría —dijo—. Pero nunca ocurrió.
Elena bajó la mirada.
—Mi madre murió hace siete años.
Roberto cerró los ojos.
Era evidente que aquella noticia le dolía.
—Lo sé.
Elena lo miró sorprendida.
—¿Cómo?
Roberto sacó de la cartera un pequeño recorte de periódico.
Era el obituario de Carmen.
—La encontré demasiado tarde.
Había intentado buscarla durante años.
Cuando finalmente consiguió localizarla, descubrió que ya había muerto.
Desde entonces, llevaba aquella fotografía en la cartera.
Era la única imagen que conservaba de su hermana y de Elena juntas durante aquellos años.
—Quería encontrarte —dijo—. Pero no sabía dónde vivías. Ni siquiera sabía si querías conocerme.
Elena miró al hombre durante un largo momento.
Después miró a Lucía.
La niña seguía sujetando la fotografía.
—Entonces… —preguntó Lucía— ¿él es de nuestra familia?
Roberto sonrió por primera vez.
—Creo que sí.
Elena se llevó una mano a la boca.
De repente recordó algo.
Una tarde de su infancia.
Ella estaba aprendiendo a montar en bicicleta.
Había caído varias veces.
Su madre quería que dejara de intentarlo.
Pero un hombre había corrido detrás de ella durante horas, sujetando el asiento hasta que finalmente consiguió pedalear sola.
Elena siempre había pensado que aquel recuerdo pertenecía a un vecino.
Ahora lo entendía.
—Tío Roberto…
El anciano comenzó a llorar.
Elena se acercó.
Durante casi treinta años habían sido dos desconocidos.
Pero en aquel pasillo de supermercado, gracias a una cartera que cayó al suelo y a una fotografía que se negó a desaparecer, una parte perdida de su familia acababa de regresar.
Lucía sonrió y tomó la mano de ambos.
Y por primera vez en muchos años, aquella vieja fotografía dejó de ser solo un recuerdo.
Se convirtió en el comienzo de una nueva historia.